Andd Sann

Handrea es fotógrafa, escribe y también es narcisa (ah, y se refiere a sí misma en tercera persona, aunque nunca escriba en tercera persona, qué paradoja)

twitter.com/EfedeFleur:

    Estroboscopio, un álbum en Flickr.
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    Estroboscopio, un álbum en Flickr.

    — 2 days ago

    De frente al sol, un álbum en Flickr.Cosa de luz
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    De frente al sol, un álbum en Flickr.

    Cosa de luz
    — 2 days ago

    Embriagados de dolor

    Por: Andd Sann

    En un paisaje difuso se observa una mano que navega frenéticamente entre cables y vómito hasta que un grito histérico —un llanto incontenible— hace retroceder la mirada y se observa a una joven abrazada de un cadáver, en un nítido y pestilente afán por no dejar escapar a la huesuda. Han pasado tres horas de oleadas lagrimales y ella sigue insistiendo en una voz que salta de la ira al miedo: ¡No! ¡No voy a soltarlo!, hasta que no esté frío, hasta que no esté frío… y acomodando su cabeza en el pecho del chico, se abraza cada vez más fuerte de la putrefacta silueta. Intoxicándose del hedor de la muerte, embriagándose de dolor.

    Horas más tarde sentada al borde de un profundo y blanco pasillo a espera de las cenizas de su marido, con la vista fija y la pupila dilatada —tanto que el negro de sus ojos parece tragarse su mirada—  evoca un recuerdo.

    Todo había pasado tan rápido. Osadamente tras observarla por unos minutos sentada en una banquita bajo la luz del sol, leyendo mil libros, decidió acercársele, su carta de presentación fueron hilarantes historias de ficción, risas y melodramas.

    Ambos se miraban sonrientes ¿y si no escapamos al desierto? —Dijo él— claro qué sí —contestó ella—. Así que él la tomó de la mano y se la llevo corriendo al metro, con voz veloz y a la vez entrecortada le decía: “vamos, tomamos el auto de mi padre, compramos unas cuantas prendas y ¡voila!” hasta que ella se detuvo de súbito, y dijo: “esto no es en serio”, claro que sí —dijo él— y tímidamente ella pregunto qué pasaría con el dinero, cómo se irían, cuándo volverían, si él era de confianza, entre otras cosas, y él soltó una risotada y le dijo: “todo eso es lo de menos, ésta será nuestra gran aventura” y ella hundida más en el miedo que en la adrenalina acepto.

    Como él había propuesto, tomaron el auto de su padre, algo de dinero y se dirigieron a San Luis Potosí. Él condujo delirantemente sobre las curvas de la carretera, curvas como las caderas en las que se sumergiría al atardecer, curvas como las dunas del desierto que cobijarían sus sueños de peyote.  Curvas de ardiente dolor y frenesí.

    Pasadas cuatro horas de tableros verdes con indicaciones, se detuvieron en un mirador a sopesar el ardor de los cuerpos, una náusea incontenible los tenía danzantes, histéricos, segregando serotonina,  ferviente sangre que bombeaba cada vez más rápido como el motor del auto, acelerada respiración de los migrantes, prófugos de sí mismos.

    Atravesaron Querétaro, San Luis de la Paz, Santa María del Río, San Luis Potosí, el aire que penetraba por las ventanas era cálido, demasiado cálido, el cuerpo de la chica dejó de transpirar, el calor se concentraba en su cabeza, era un dolor adormecedor. Tristán se percató de los síntomas y tomó la minihielera que estaba en el asiento trasero y la puso en el suelo, le dijo “anda, mete tus pies”. Somnolienta la Valiente metió sus pies deslizando sus manos por la curvatura que se forma en esa intersección llamada rodilla.

    Sintió un calambre que le encorvaba los dedos, no obstante aún era víctima de las olas de aire caliente. Entorpecida se recargaba en su puño cerrado, evitando dormirse. Tristán tomó un pañuelo que tenía atado al retrovisor y lo metió en el agua, se lo puso después en la mano.

    La Valiente quien vestía con una falda negra y una camisa tejana, comenzó a pasar el pañuelo húmero por sus piernas, deslizándolo suave e hipnóticamente, después se deshizo de su camisa tejana y quedó en un lindo bustier con encaje. Paseaba lenta y zigzagueantemente el pañuelo por sus brazos, cuello, pecho y espalda.

    Tristán, por medio de la vista periférica la observaba bañada en luz dorada, refrescándose mientras su cabello se agitaba oscilantemente. La imagen era sumamente excitante. Tristán metía con fuerza las velocidades cada que el pañuelo tocaba la piel de avena de su amada. Tenía una erección, desplazaba su mano izquierda sobre el volante, como si se sumergiera en una cueva.

    La Valiente subió sus piernas en el tablero del coche para que les diera un poco el aire, su falda se levantaba dejando entrever los ajustados calzoncillos color pastel. Las bajó un poco después, volvió a mojar el pañuelo, lo paseo por su piel y luego se lo puso en la cabeza como si fuera un gorrito, el aire fresco que atravesaba la tela morada la hacía suspirar, mientras tanto, Tristán se excitaba más y más y, aceleraba, más y más, como si cambiando de velocidad entrara en ella.

    La radio topó una estación local, Down in Mexico sonaba cuando el anuncio verde que decía “Villa de Aristas” los alcanzó al mismo tiempo que Tristán eyaculaba. Pasaron por Charcas, Sacramento, Cedral, Matehuala y se adentraron en el desierto.

    Entre destellos de oscuridad un par de hombres místicos —chamanes o algo así— les propusieron llevarlos a Real de Catorce, para que se unieran a un ritual de purificación. Ebrios en la majestuosidad de la Tierra-Luna que tocaba sus pies, corrieron en direcciones contrarias y cada uno se halló con sus piezas de peyote o éstas los encontraron a ellos. Volvieron a donde el fuego nacía y bañados en miel los tragaron.

    Bailaron, saltaron, viajaron hasta que auuuuuuuuuuuuu-lló el coyote y regresaron a sus cuerpos, a la realidad. El sol iba saliendo, se tomaron de las manos y caminaron de vuelta a la ciudad, fiestearon de pueblo en pueblo, cargando máscaras y vestidos. Pasaron dos días en esos juegos.

    El tercer día, después de la feria del Festival de San Luis, como a eso de las ocho de la noche, mientras las sombras tambaleaban por las calles potosinas, Tristán tuvo otra tempestuosa idea, se detuvo en seco y tomó a la Valiente de las manos y le dijo: “casémonos”. Ambos, muy insensatos y ebrios corrieron al registro civil, y tras muchos ruegos, se casaron. Caminaron entre colchones azucarados, burbujeantes masas de gente, cálido aroma a vainilla con canela, y muchas, muchas figurillas. Carnaval de pistas alborotadas y fulgurantes vientos. Trazos, garigoleadas letras que sellaban su matrimonio.

    Al día siguiente, instalados en la habitación de un viejo hotel, cerca de las siete de la noche, despertaron, habían dormido todo el día. No obstante, eso no apagaba sus ansias. Dispuestos a tener una ardiente velada, rasgaron sus pieles con mordidas suaves, caricias navegantes y náufragos dedos oscilantes. Hasta que un temblor informe atacó a Tristán. Un vomito sofocante lo tumbó. La Valiente aterrada, se refugió en las sábanas y dos segundos después reaccionó y salió semi-desnuda a buscar una ambulancia.

    Minutos después, volvió a la habitación, el vómito se disparaba en un espasmódico ataque que vibraba el cuerpo de Tristán, sus ojos inyectados se desorbitaban, bailaban lastimosos. Sus manos inflamadas se contraían de dolor, su cuerpo transpiraba miseria. Su entumecido cuerpo palpitaba tensamente. La Valiente lo abrazó como si se estuviera tirando a los pies de la muerte, como si jalara de su capa, como si se atará a sus piernas para evitar que se lo llevara.

    Pasaron cerca de cinco horas, hasta que llegó la ambulancia. La Valiente con su mirada fija en el anillo de compromiso, lloraba inconscientemente. Y nada pasaba. Tomar sus signos vitales era ahora un mero acto de cortesía. Desplegar las sábanas y mover la almohada un placebo a la mirada.

    Nada había que hacer, él se había ahogado en su embriagante dolor, y ahora sereno le pasaba la copa a su amada como le paso el arenoso viento en la cara, como un desplante de ira, como un tarrito de cenizas colgando de su espalda.

    — 2 weeks ago with 1 note

    #cuento peyote realdecatorce couple dolor embriaguez 
    "A veces me pregunto cómo la gente de mi generación, los noventeros, llegamos a amar tanto a esa lechita de caja azul y bracitos de papel, tanto que en Halloween te metías en un cartón de metro y medio para tener el disfraz más original. Tú eras por un día la lechita de Blur.

    Pero bueno, creo que a Damon Albarn le gusta tratar con pura personalidad de primera, pura gente famosa en sus proyectos. Sino, una de las canciones más sonadas en esos tiempos, en que tú (si eres de los noventa) ibas en la primaria o en la secu si eras a-de-lan-ta-di-to llamada Clint Eastwood, no existiría."
    — 1 month ago

    Couple on Flickr.

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    — 1 month ago

    El gran masturbador on Flickr.Para Dalí :3

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    Para Dalí :3

    — 1 month ago

    Mis pesadillas secuestraron a mi sombra

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    — 1 month ago